Johannesburgo arrastra una reputación particular. Uno aterriza, percibe la energía, aprieta el bolso con algo más de fuerza y se pregunta por qué su itinerario le obliga a pasar una noche aquí en lugar de dirigirse directamente a la sabana. He mantenido esa conversación con clientes en incontables ocasiones. Mi respuesta es siempre la misma: es porque no se ha alojado en AtholPlace.
El hotel se ubica en Athol, un rincón apacible de Sandton, y desde el instante en que usted cruza la puerta, la ciudad sencillamente se detiene. No se atenúa. Se detiene. El ruido, el ritmo frenético, esa ansiedad latente propia de Johannesburgo; todo desaparece. Lo sustituye un silencio tan absoluto que uno llega a cuestionarse si ha perdido el oído, para darse cuenta, poco después, de que no: lo que escucha es el canto de los pájaros. En pleno Sandton. Es, sin exagerar, un pequeño milagro.


















